Pablo estaba medio dormido cuando
oyó un ruido muy extraño, miró a un lado y a otro, pero no vio nada hasta que
se percató que el reloj de su mesita estaba volando, Pablo se frotó los ojos
creyendo que estaba soñando, pero se equivocó, cuando terminó de frotarse los
ojos el reloj seguía allí, pensando que era una alucinación muy fuerte se
durmió.
A la noche siguiente fue un
lapicero y ,a la siguiente, un libro, pero Pablo no estaba dispuesto, cogió el
bate de beisbol que tenía detrás de la puerta y le dio al aire, el libro cayó
con un ¡¡¡ay!!! y, por eso, Pablo se dio
cuenta de que había fantasmas. Al día siguiente lo contó a toda la clase, pero
todos se rieron de él excepto su mejor amigo, Mario, que accedió a irse a
dormir a su casa para ver el extraño fenómeno.
-Estás loco -dijo Javier, el matón
de la clase, mientras sus dos secuaces Roberto y Alberto se reían a carcajadas.
Llegó la noche y Mario y Pablo estaban
ya acostados, eran las dos de la madrugada y Pablo estaba empezando a pensar
que no ocurriría nada.
-Creo que Javier tiene razón y no
estás muy cuerdo -dijo Mario.
-No, mira -dijo Pablo mientras
señalaba el reloj que empezaba a volar.
Pablo cogió su bate y le dio al
aire, el reloj cayó.
-¡Estás loco! casi me matas otra
vez -dijo la voz de un chico de doce años como ellos.
-Lo ves Mario, es un fantasma
-dijo Pablo.
-Pero que fantasma, solo soy
invisible -dijo la voz.
-¿Y por qué me robas? -preguntó Pablo
-Verás, por lo que he adivinado me
hice invisible con tres meses -empezó el chico- por lo tanto no sé como soy ni
como me llamo y la única forma de volver a ser visible es bañandome en una
fuente sagrada, pero si hago algún amigo y lo admito me consumiré y como bien
habréis entendido no puedo ser vuestro amigo y te cogí el libro de la historia
de tu escuela porque la fuente que hay es la sagrada, te cogí el reloj para ver
la hora que es y así calcular cuanto tiempo me falta para que me vuelva
invisible para siempre pero no lo pude ver ninguna vez porque tu me lo quitaste
y ahora está roto y el lapicero lo cogí para apuntar una cosa que no es de tu
incumbencia.
-Pues, mañana puedes venir a
nuestro colegio para ver la hora, a las dos, ven a esta hora y mírala, pero no
te bañes en la fuente porque sería muy raro verte por allí un jueves -sugirió
Mario que había estado callado.
-Bueno entonces hasta mañana por
la mañana -dijo el chico invisible.

Los dos amigos se acostaron. A la
mañana siguiente todo fue normalmente hasta que llegó a su casa y se percató de
que el chico invisible no estaba, fue a buscar a Mario y después fueron a
buscarlo en el parque, no había nadie y estaba nevado, se dieron cuenta de que
había piedras volando y se pusieron cerca.
-¡Fuera de aquí! no puedo ni
quiero ser amigo vuestro, no me busqueis, si quereis el sabado a las doce iré a
vuestra escuela a meterme en la fuente.
En ese momento llegaron Javier,
Roberto y Alberto.
-Mira aquí está el loco soñador
-dijo Alberto- y aquí está el otro, seguramente te lo creeras.
-Pues si -contestó Mario.
Los tres empezaron a reirse pero
de repente unos puntos blancos empezaron a volar hasta los tres que se reían y
Pablo entendió que eran unas bolas de nieve que los aporrearon hasta que se
marcharon.
-Gracias -dijo Pablo.
-No me gustan los matones eso es
todo y dicho esto se fueron.
Llegó el sabado y a las doce,
Pablo y Mario se encontraron en frente de la fuente del colegio.
De repente, de la fuente salió un
destello y la estatua empezó a hablar.
-¿Tienes amigos? -preguntó la
estatua.
No se oyó nada y la silueta de un
niño salió, nadie vio los rasgos y a continuación se partió en trozos de un
milimetro.
-Siempre fuisteis amigos mios
-dijo la voz del niño.
(J.Antonio Gómez del Pulgar. 6º curso) .